Antillas desde la otra orilla

 

Era el año 2004, y el poeta Ismael Llinás Cogollo, uno de nuestros lagarteros, nos muestra ésta pincelada de carreteras, ríos y caños, por una Venezuela reciente, aunque no tan parecida… Desde ese balcón que es el punto de vista de su colombovenezolaneidad, el poeta recorre un viaje por personajes y naturalezas dentro de esas otras Venezuelas, siempre diversas y a veces olvidadas.

 

 

Por Ismael Llinás Cogollo

 

Domingo, noche. El bus rueda. Viajo hacia Trinidad y Tobago. Ya había surcado los andes colombo venezolanos desde Bogotá; ya había cambiado en Cúcuta el bolívar por debajo del peso, un hecho histórico: por uno daban 85 centavos; ya había tenido un recuerdo de niño, con mis padres, dos colombianos que se fueron en los setenta a vivir el Sueño Venezolano, cruzando la frontera por Paraguachón (La Guajira) o Villa del Rosario, (Norte de Santander), yendo y viniendo varias veces y así me recuerdo en ese vaivén mordiendo una arepa de jamón y queso amarillo, en uno de esos paraderos de buses que están las carreteras mientras uno llega a la Gran Caracas.

Avenida Rómulo Gallegos, intersección con la Sucre, en Los Dos Caminos, en la Caracas del Estado Miranda. Estoy con Eduardo y Marisol, mis hermanos: él, ingeniero civil, trabaja para una constructora; ella, comerciante, estudia administración de empresas, tiene su esposo, José y su hijo Juan Pablo, ambos colombianos. Me despido de ellos desde la ventanilla de un taxi que cobra ocho mil bolívares la carrera hasta la terminal. Quien lo conduce resulta ser un italiano que llega al país desde los años cincuenta con la migración europea impulsada por las Guerras Mundiales que azotaron y devastaron medio orbe desde inicio del siglo XX. Dijo con su precisión desembarcar el 14 de agosto de 1950 en el puerto de La Guaira.

 

 

Son las 8 y 45 y la realidad en lento movimiento avisa la salida rumbo a Carúpano, en el Estado Sucre, por 30 mil bolívares. Ahora sí el bus rueda. Suena el motor acelerado. Llegamos a las seis de la mañana, sin ningún percance, sin temor a la pesca milagrosa, paranoia muy colombiana. A esa hora un carro grande y rojo, de ocho cilindros, avisa que su destino es Guiria, el puerto comercial del Golfo de Paria y una de las rutas marítimas de Venezuela a Trinidad y Tobago; llegar hasta allá cuesta doce mil bolívares y tres horas de un tiempo que se diluye con las tonalidades de verde del tupido paisaje selvático doblemente influenciado por el Delta del Orinoco y el Litoral Caribe.

En el carro nos distribuimos así: adelante, de izquierda a derecha: Jorge Luis, el conductor, luego Eloísa, una odontóloga que trabaja en Guiria; y, finalmente, en la otra ventana, yo. Detrás de nosotros hay problemas, se nota en las tensas caras de los otros tres pasajeros sentados así: en la ventana derecha, una señora de cuarenta años, con dos chamos de unos dieciocho cada uno. Los tres son negros. Sus rostros muestran su drama interior: uno de ellos, el de la ventana izquierda, el que tiene la gorra roja de los Angeles Lakers, pide un baño con urgencia. Nos detenemos. Bajan los tres de atrás y Jorge Luis, don Jorge Luis, aprovecha para hablarnos de la tragedia de nuestros compañeros de rodamiento: a uno le mataron la mamá y al hermano; además, a la señora le diezmaron un hijo. Todo por una pelea nacida en borrachera de fiesta. Al día siguiente pude comprobar en la crónica roja de El Carupeño este suceso de la Venezuela del siglo XXI.

Seguimos avanzando mientras Jorge Luis, don Jorge Luis o el popular Pelo Blanco, su apodo en la terminal, un señor de unos 55 años, trigueño, habla y habla acerca de los sitios de interés de la zona entre Carúpano y Guiria; por ejemplo, ahora describe los termales y cuenta de sus propiedades terapéuticas pero también del paisaje amarilloso de las azufradas donde hay agua fría, tibia y caliente; habla de las salinas, de la cultura alrededor de ellas; habla de los ríos, de las playas y habla tanto que casi provoca quedarse ahí, entre Carúpano y Guiria, puerto al que ya estamos llegando.

En Guiria todo es porteño. La atmósfera caliente y pegajosa por la humedad, el sol, el mar y la brisa. Ahí están unos tomando cerveza a las nueve de la mañana, ahí está el vendedor de pescado ofreciendo su producto, ahí está la música vallenata  saliendo de locales de CD pirateados; ahora estoy en la agencia de turismo que vende el tiquete del Crucero que de Guiria me lleve a Puerto España en un viaje de tres horas y media en condiciones normales. En la agencia me niegan la venta del tiquete de ida y vuelta por 120 dólares americanos por falta de requisitos de los que no me hablaron en la embajada de Trinidad y Tobago en Caracas, esa que queda en la zona norte de Altamira, entre la séptima y octava transversal, en la pura falda de la montaña El Ávila; requisitos como un tiquete de regreso de Venezuela a Colombia, les expliqué que viajo en bus, pero no; requisitos como llevar mínimo mil dólares para gastar; requisitos como cargar las facturas de los equipos de filmación y fotografía que llevo so pena de ser decomisados y nunca regresados; en fin, requisitos que por el momento no tengo y por eso me niegan la venta del pasaje. Les hablo de mi plan, el cual es llegar a Trinidad, montar una carpa como se hace en el parque Tayrona en Colombia o en muchos lados de Venezuela y conocer Puerto España. Me miran raro y me dicen no, ellos no funcionan así como nosotros.

de Guiria, diez de la mañana. Estoy algo desilusionado porque quiero ir a Trinidad a empezar a conocer las Antillas Menores, esa parte del Caribe que junto a Guyana, Surinam y Guayana Francesa poco sabemos en Suramérica, en Bogotá. Está dentro del continente pero a la vez fuera, culturalmente hablando porque su proceso de mezcla ha sido distinto, no siendo colonias españolas sino de Inglaterra, de Holanda, de Francia; y a la vez recibiendo el legado de lo afro, de lo hindú, de lo arwaco, de lo caribe y de lo taino

De la plaza me dirijo a un café atendido por un portugués quien me sirve un café pequeño, ese que es estilo cubano, pero un poco menos cargado. Mientras me lo tomo hablo con el portugués sobre Trinidad y pregunto por la posibilidad de cruzar con botes de pescadores; el portugués me hace llamar dos de ellos pero ninguno me quiere llevar.  Me cuentan que no es igual a antaño, cuando se entraba a Puerto España sin más percance que el de sortear bien la Boca del Diablo o la Boca del Dragón, remolinos de agua que se forman debido a la fuerza de la salida del río Orinoco al mar. Me dicen que la policía Trinitaria se ha vuelto muy estricta, en buena parte por el control al tráfico de drogas, de armas y la trata de blancas. Me hablan de la posibilidad de entrar de manera ilegal, pero no me parece una buena idea, sobre todo por el precio que cobran: 500 dólares. Por último, el portugués me habla de unas personas que ofrecen viajes charter, que muchas veces no llenan el cupo y es posible embarcarme con ellos; al cabo de una hora de espera, no aparecen y don Jorge Luis, el popular Pelo Blanco, me vuelve a nombrar las maravillas de Carúpano, le hago caso, me devuelvo con él, pero una parte de mí piensa en volver a Caracas a terminar de cumplir los requisitos para el viaje a Trinidad en el Crucero.

Ahora duermo un rato durante el trayecto de Guiria – Carúpano y cuando despierto la mar está ahí. Me quedo, digo, a disfrutar unos días de aguas caribeñas. A la una y media de la tarde don Jorge Luis me deja en un hostal cerca de la playa El Copey, en Carúpano. A la una y cuarenta me zambullo en las verdes azulosas aguas del Litoral caribe. Hay olas y surfistas, no muchos, pero hay. Nado dos horas y salgo a caminar por Playa Grande. De una punta a la otra gasto una hora y me encuentro al señor Mincey, un veterano del mar y del carnaval quien me ofrece un ron mezclado con hierbas aromáticas que tiene en una garrafa de vidrio. Lo veo pescar en la orilla y oigo el mar y el relatar del señor Mincey acerca de sus incursiones a las Antillas. Entonces su narración del pasado adquiere forma en presente y habla de que le dicen “el Tiburón de las Antillas”, porque son los años cincuenta y vive del contrabando de mercancía entre Venezuela y Trinidad, entre Trinidad y Granada, entre Granada y Barbados, entre Barbados y Santa Lucía. Entonces grita “ponte pilas chamo estamos en Puerto España, mira ese muerto tirado ahí, es natural toparse con ellos en la mitad de la calle; son lugares peligrosos, tierras sin ley, donde los venezolanos son mirados con recelo, casi con odio; son los lugares más hermosos de la tierra, pero para entrar a ellos toca hacerlo con mucho cuidado, sobre todo si no se hacen bajo las rutas oficiales”. Vuelve al presente y me dice que hace como veinte años no viaja pero que esto ha cambiado bastante, sobre todo por la explosión del turismo internacional. Me susurra que si por Guiria no me quisieron cruzar pues que vaya a Pedernales, al Caño Manamo, en el Delta del Orinoco, para llegar al sur de Trinidad.

 

Antes de tomarme dos tragos más de ese ron con aromáticas y despedirme, don Mincey cuenta sobre los carnavales de Carúpano, “son los mejores”, y de un momento a otro pasa de ser relator a cantor a capella de un galerón oriental que cuenta el juego de cartas que tuvieron el Diablo y Cristo por un pecador que en vida fue un avaro y su alma está condenada. Vuelve el relator y me dice que canciones como esas se escuchan mucho por estos lugares, pero que le incorporan la mandolina, el triple y la guitarra y a eso le llaman galerón; que también hay fulías y punto de velorio, “tonadas que se tocaban más en otras épocas”, cuando Venezuela no estaba tan contaminada culturalmente, pero que aún se mantiene la tradición en el estado Sucre y que sale a flote en el carnaval: música que se le canta al solsticio de verano, a la vida, a Dios, a los Santos, al Diablo.

Sabado, tarde. El carro rueda. A la una y media ando rodando por la carretera que de Maturín conduce a Tucupita, la capital del Estado Delta Amacuro. Ya había recorrido las tres horas de Carúpano hasta la capital del Estado Monagas; ya había visto las grandes distribuidoras de aluminio, las amplias avenidas y lo organizado de la ciudad; ya había pagado los 16 mil bolívares por el trayecto y llevo montado una hora y cuarenta minutos, admirando el paisaje que nos avisa la llegada al Delta, con una vasta zona ganadera y agrícola y con la sensación de tener las nubes muy cerca de la cabeza.

 

 

En Tucupita le pregunto a un agente de la policía por un buen hospedaje y me recomienda el Pequeño Hotel, justo el que estoy buscando, económico y fiable. Ensopado por la humedad y el calor, el peso del morral y la caminata desde el terminal hasta el hospedaje, entro al baño, me refresco, registro mis datos en el libro del hostal y salgo a conocer Tucupita. Escucho “El cóndor herido” de Diomedes Díaz y en ese momento sentencio la vallenatización de Venezuela, un fenómeno cultural que lleva por lo menos 30 años en proceso. En los setentas, se escuchaba en las fiestas de los colombianos que emigraron al país, sobre todo a Caracas; en los ochentas, en ciudades fronterizas como San Cristóbal y Maracaibo, era algo curioso oírlo en uno que otro taxi; en los noventas se volvió normal oírlo en lugares distintos a Petare; ahora, el vallenato es cotidiano en toda Venezuela: en los Llanos, en los Andes, en el Caribe, en Oriente, en el Delta… saben quién es “el Cacique de la Junta”, los Hermanos Zuleta, Los Betos, Los Diablitos y venden desde la música hasta los muy apetecidos videos de conciertos o parranda vallenata, como se le llama a este tipo de convite.

Ahora estoy escuchando a la dueña de una agencia de turismo en Tucupita. Me dice que ellos no viajan a Trinidad pero que me ofrece un paquete turístico de cuatro días que comprende un recorrido por los distintos caños del Delta: una travesía que seduce a los turistas europeos que pueden pagar los 80 dólares el día para ver la vida de los indios waraos; para observar animales exóticos como el tigre en su estado natural; para estar en paisajes inolvidables del Delta del Orinoco.

Camino por el Malecón de Mánamo, punto de encuentro de los tucupiteños. Ahí están las familias comiendo en los puestos de comida rápida; también los borrachos de aguardiente barato que deambulan por el paseo hablando solos y con las caras rojas de llevar tanto sol y tanto alcohol en el cuerpo. Al inicio del Malecón hay una valla del presidente Hugo Chávez con propaganda de obras civiles. Camino más, llego a la zona de comidas. Hamburguesa, perro caliente, empanadas, pollo asado, chorizo, cerveza…

Pido una presa de pollo asado en un plato que lo completa una porción de arroz blanco y una ensalada de repollo con zanahoria y mayonesa, esto por siete mil bolívares. Ahora me tomo una cerveza, la tercera más bien, y entre sorbo y sorbo escucho ese sonido anónimo de la multitud en vida cotidiana de un sábado en la noche, con los carros estacionados que a la vez son el equipo de sonido de donde sale reguetón, salsa, vallenato, merengue, música para bailar. Un zumbido en el oído me avisa cómo el ambiente se llena de abejorros ya que estamos en la temporada de este insecto volador, negro, grande, parecido a una abeja enorme; no muerde, pero se mete en la camisa, en el pantalón, zumba en la oreja y se enreda en el cabello.

A las siete de la mañana del día siguiente doña Rosalinda, la dueña del Pequeño Hotel, me sirve una taza con café instantáneo. Conversamos mientras vemos El Observador, el noticiero del Radio Caracas Televisión. Las noticias dan cuenta de la Masacre de Macarao: el asesinato de tres estudiantes de la Universidad Santamaría a manos de agentes de la policía, poniendo en entredicho el papel de las fuerzas policiales en el país, cuando se debate en la Asamblea Nacional la creación de una única Policía nacional, contrario al actual modelo de Policía de Estado que actualmente opera. La señora Rosalinda me pregunta sobre la agencia de turismo. Le cuento y me dice que me va a recomendar una ruta, algo que no suele hacer. Me dice que como mi intención es llegar hasta Trinidad pues que me fuera directamente hasta Pedernales, que así puedo ir, enterarme de cómo es el cruce y, además, conocer las bellezas que ofrece este trayecto. Vaya hasta allá, me dice, porque lo van a tratar muy bien.

Un señor con acento turco me cambia unos dólares ya que en Venezuela no hay posibilidades de cambiarlo oficialmente debido al control de divisas impuesta por el gobierno. Me los cambia a 2.200 bolívares cada uno. Un vendedor callejero me ofrece un libro de segunda, Viaje al Delta, de Alfonso Castañón, se lo compro y enseguida lo veo entrar a la licorería por una cerveza.

Una muchacha trigueña me vende por quince mil bolívares el pasaje hasta Pedernales. Al fondo se escucha el vaivén de las aguas del caño más bien río. Un cartel dice que los pasajeros debemos estar a las once y media de la mañana ya que la embarcación sale al medio día en punto. Así fue.

 

 

Llego a las doce al muelle y soy el último pasajero a quien esperan. Monto el morral, subo y suena el motor acelerado diciendo que vamos rumbo al norte, a la salida del río ya casi mar.

Pequeña expedición por un rizo del Orinoco. Pienso que así se puede llamar esta incursión. Un rizo, no un brazo, así se ve en el mapa el Delta, como la melena de una mujer con rizos alborotados por el viento y los huracanes. Llevo media hora en la proa. El roce del viento en el oído produce ese sonido de movimiento al aire libre, entonces se mueve la nube, se mueve el río, se mueve la lancha. En ese movimiento: el marrón del agua, con las tonalidades de verde, los brillos producidos por el reflejo del sol, con el azulísimo del cielo y los copos de nubes danzando y haciendo figuras en el aire. Paramos. Hora de comer algo.

En el muelle del pequeño caserío hay una tienda con pocas cosas que ofrecer más que empanadas de pescado. Son unas empanadas de maíz rellenas de róbalo que cocinan con cebolla, ajo y tomate. Son tan grandes y tan sabrosas que me lleno con la primera, pero quiero volver a experimentar ese especial sabor de este plato de la comida regional y pido otra.

En la Isla del Misterio se baja Rigoberto Suárez, un hombre que trabaja en el servicio social de este caserío de palafitos, ayudando al traslado de personas enfermas a los puestos de salud. Ya me había contado que los indios waraos desconfían de la medicina occidental y prefieren sus propios tratamientos curativos; ya me había dicho que su esposa es de la Guyana y que en alguna época había vivido en su capital, Georgetown y que por una vía que las conecta había ido hasta Paramaribo, capital del Surinam, en donde mucha gente vive en pobreza, con muchas necesidades económicas y sociales.

Toda la comunidad de la Isla del Misterio ayuda a bajar las cajas de Rigoberto. Los niños en el muelle, los jóvenes ayudando a bajar la carga, los adultos a la espera de la encomienda y de los productos que llegan de Tucupita. La doctora del municipio de Capure, que va en la lancha junto a dos estudiantes de postgrado de medicina, comenta que la alegría de los adultos es porque les llevan ron para emborracharse el fin de semana.

Entablo conversación con la doctora y le comento mi intención de llegar a Trinidad. Ella me habla de unos conocidos en Capure que me pueden ayudar a cruzar hasta la isla. Me dice que de Capure a la punta sur de Trinidad la lancha se demora un poco menos de una hora. En ese momento decido quedarme en Capure y no en Pedernales.

Capura es el último pueblo de la salida de esta parte del río Orinoco al mar. Es un pueblo hermano de Pedernales. De hecho los cobija la misma alcaldía y hay una lancha que constantemente va y viene de un pueblo al otro en menos de cinco minutos trayendo y llevando a los pobladores que van a hacer sus diligencias. Son lugares donde se vive de la pesca, la caza y la economía que generan los trabajos de Petróleos de Venezuela en esta zona rica en hidrocarburos. No tienen servicio de agua, a cambio la compañía petrolera los provee gratis de la energía eléctrica que enciende los tres y cuatro aires acondicionados que tienen en cada casa, en los cuartos, en la sala; los televisores conectados a la antena de DirecTV; y mantener encendidos los bombillos de luz; la misma luz que no pueden usar durante la época de La Palometa, una plaga que azota la región que los obliga a mantener las calles oscuras, las casas encerradas y oscuras durante la noche.

 

 

Estoy en Capure a las seis de la tarde, luego de haber desembarcado en el muelle después de tres horas y media de viaje; luego de llegar a una casa que ofrece servicio de dormitorio para turistas y transeúntes; luego de comer un plato con ensalada rusa de entrada, arroz aliñado  con orégano como acompañamiento y de plato fuerte camarones (recién traídos de los botes) sofreídos en una pequeña salsa de tomate y pimentón con ajo, cebolla y pimienta.

Hablo con Daybis, un niño de unos 12 años, cuenta de La Palometa, un insecto volador del tamaño de unos cuatro centímetros, mientras sus alas revolotean sueltan un polvillo, al entrar en contacto con la piel o alguna mucosa genera reacciones alérgicas: dermatitis, rinitis y otitis crónica. Generalmente produce infecciones cutáneas porque rasca mucho y hay casos de piel reventada por el desespero. Según el mito de los pobladores La Palometa llegó en los faros de los buques petroleros provenientes de África, de donde son originarias. Han tratado de acabarlas con fumigaciones, pero los cazadores y pescadores, conocedores de los manglares en donde ellas se reproducen, han visto millones de larvas ya casi mariposas. Esta situación los afecta. No solo en su salubridad sino en la vida cotidiana. Se nota cuánto les cuesta el régimen de permanecer encerrados en sus casas de noche, sólo encendiendo algunas luces adentro. Les cuesta porque es a esa hora, después de la seis de la tarde, cuando el sol ya se ha ido y cuando su fogaje es cambiado por las brisa refrescante del río ya casi mar en subienda, cuando los capureños quieren escuchar vallenato y calipso, sobre todo si es viernes; y conversar entre los amigos o a darle besos a la novia entre ramales de un paseo nocturno. Eso me cuenta Deybis, todo eso me cuenta con sus doce años de edad.

Son las cuatro de la mañana. El ruido y el frío del aire acondicionado me levantan. Los gallos cacarean. Salgo del hostal y miro hacia el cielo. Aun está oscuro. Ese oscuro azul violeta de la madrugada. Sobre el azul violeta titilan millones de estrellas, rojas, verdes, amarillas, grises, todas brillantes. Croan los sapos y las ranas. Suena la chicharra de los grillos y se empieza a escuchar el tracuteo de las personas madrugadoras que aprovechan esta época de solsticio de verano, cuando el sol sale más temprano y, con él, los quehaceres del día.

“La garza morena, esa es una garza morena”, me dice una señora que me ve observando a este curioso animal de cuello largo y alto, de plumaje blanco con un gris marrón. Ellas, como las cidras, la garza blanca, el alcatraz, el pelícano, el flamenco, son aves que se alimentan de cangrejos, pescados, y reptiles pequeños, abundantes en las orillas del río. Es muy normal ver, como ahora a las nueve de la mañana, el paisaje empastelado de color gris, blanco, marrón, fucsia, rosado, del color del plumaje de las cientos de aves que buscan en la marea baja su alimento, porque en la tarde, cuando la marea ya está arriba, sus picos no alcanzan a encontrar el alimento. Veo una cidra, su pico largo, sus plumas fucsia rojo, sus patas alargadas y flacas, sus alas que se abren para volar de un lado a otro de la orilla, a buscar más alimento para llenar el buche.

 

 

Hablo con José y Miguel, ellos viven de la caza. Me invitan a una jornada de su trabajo, a cazar a los islotes del río, a los manglares, a los caños  a buscar la lapa, el cangrejo azul, el pato de monte, la hora de salida se fija para la una y media de la tarde, cuando la marea empieza a subir y las astas del motor no enlodan con el fango.

Al medio día me encuentro con Randy, un trinitario que vive en Capure y tiene una embarcación que hace viajes comercial y turístico. Le hablo de mi interés en viajar a su país. Me habla de los requisitos. De los 70 ditis que pide la aduana como impuesto de entrada; de los 200 dólares que cuesta el viaje de ida y vuelta; de las suspicacia que puedo generar por estar solo. Me ve la cámara fotográfica y me pregunta si tengo facturas, ante mi negativa me advierte que si quiero volver con ellos debo llevar facturas; entonces noto que no está muy convencido de llevarme. Lo veo pensar por unos segundos y me dice que mejor no me puede llevar, que no en este viaje, que lo entienda, que una persona sola debe estar muy bien preparada para cruzar por la parte sur de Trinidad y Tobago. Me abre las puertas de su casa en Trinidad para una próxima oportunidad que quiera regresar y con esta conversación doy por descartada el intento de ir a Trinidad y Tobago. En otra oportunidad, me digo. El viaje no ha sido en vano: ya tengo dónde quedarme en Trinidad y desde un punto de vista empecé a conocer el puro inicio de las antillas menores.

Respiro el aire del río ya casi mar. A las tres de la tarde estamos varados en la mitad de ese rizo del Orinoco. Arreglan el problema de la bujía y seguimos cruzando el río. Nos dirigimos a una de las islas que componen este ecosistema. Llegamos a la entrada de un caño que permite el acceso a los manglares. Veo una centena de cidras que vuelan por el ruido del motor que poco a poco baja de potencia hasta apenas usar la mínima energía que permita moverlo para no espantar a los animales.

 

 

Paramos y nos adentramos en los manglares. No es fácil caminar. El barro, las raíces, los manglares, no dejan chance de moverse con soltura. De la proa bajan cuatro cocos, los sebos para los animales. Los abren, los ensartan en un palo y los dejan ahí, para las lapas, para acostumbrarlas a encontrar comida y matarlas con un tiro de escopeta, que los cazadores como  José, Leonel o Miguel, les darán luego de esperar horas y horas hasta que la lapa aparezca a buscar comida, sin saber que es ella la que va a entrar en el ciclo de muerte de la naturaleza, todo porque su carne es un alimento que venden a buen precio en los restaurantes de Trinidad y Tobago, donde son muy apetecidos.

Ahora estamos buscando cangrejos azules. La técnica para hacerlo parece sencilla, pero hay que estar dispuesto a recibir varias mordidas durante el proceso. Estamos donde pululan los cangrejos, ante la presencia humana salen despavoridos a sus huecos. Ahora Leonel mete el brazo en un escondite de cangrejos. Hurga un poco  y algo le muerde, es una hembra, dice. Hace creer a la cangreja que va a sacar la mano, es un engaño para que ella se relaje un poco y hacer un envión con la mano con el cual agarre la muela del animal y logre dominarlo y sacarlo. La mete en un saco y dice que las de hoy son un regalo para su mamá quien de paso le hace “una sopa levanta muerto”, es decir una sopa de cangrejo bien poderosa. Me retan a cazar uno pero no tengo la técnica. Meto la mano en el hueco, me muerde una adentro y no quiero volver a intentarlo. En cambio, José saca otro gigante y azuloso animal que ya se sabe atrapado y únicamente atina a mover las patas como si tuviera la facultad de caminar por el aire. Al final se ha recolectado quince cangrejos metidos en dos bolsas. Con este botín nos vamos al final de la jornada. Son las cinco y media de la tarde, la hora de ir a cazar los patos en el dormitorio de aves.

 

 

Por este dormitorio cruzaron las naos de Cristóbal Colón. Salvo los cambios sociales que produjo la expoliación y expropiación de la sociedad nativa, estos paisajes se conservan casi igual a hace 500 años. Estos mismos árboles le servían y le sirven de recogimiento a las miles de alcatraces, cidras, patos, gaviotas, flamencos, garzas, tijeretas y demás aves que encuentran en las ramas de los árboles el lugar de descanso. Es un sitio hermoso donde la fiesta previa antes de dormir, con los miles de sonidos de las diferentes aves, combinado con el revoloteo del mar en creciente, hacen una sinfonía natural compuesta por el coro de pájaros cantores, el ritmo de las olas y los vientos resoplando y sacándole música a las ramas, a las hojas, a los manglares. José y Miguel se bajan del bote y se meten al pantano. El agua les llega a los hombros, tienen que caminar con el arma alzada. Son las seis de la tarde y poco a poco se alejan los cazadores hasta que los pasos se pierden en rizo que a esta hora, cuando el sol ya está despidiéndose, le da un color dorado.

Es de noche. El cielo es azul oscuro. Las aves duermen. Leonel habla de su trabajo de camarero en una isla extractora de gas que tiene Petróleos de Venezuela en esta parte del Golfo de Paria. Habla del horario y del oficio que cumple. Muy distinto a estas jornadas de búsqueda de alimento. Habla del respeto al animal cazado. Un tiro suena en el ambiente. También me cuenta del caso de tres colombianas que llegaron a Capure para llegar hasta Trinidad a prostituirse. Pasaron varios días en el pueblo. Venían de Guiria, de donde no las dejaron pasar. Desde Capure trataron de entrar legalmente y tampoco las dejaron ingresar, por último el proxeneta las llevó ilegalmente; escuchó que solo entraron dos y la tercera se perdió. Otro disparo se escucha en el ambiente. Habla del dinero que ellas ganan por la cantidad de hombres de negocios, de dinero, de poder, que van hasta allá a buscar recreación. En un mes, dice, hacen desde cinco mil hasta diez mil dólares y para ellas aunque arriesgado es llamativo por el paquete que ofrece: bastante dinero y turismo de elite. Hora de devolvernos a buscar a los cazadores en la oscuridad, los encontramos a cada uno con un pato. Ahora estamos recorriendo el río de noche, se ve el cielo iluminado por millones de estrellas que nos van guiando la ruta de regreso a Capure, a llevar el alimento cazado con una técnica aprendida a los indios Waraos.

Los indios waraos viven en casas de palafito (llamados en su idioma como Janokos) a la orilla del río. Sincronizados con el vaivén de la marea. Construyen sus viviendas con madera de moriche. Siempre las han construido de este árbol nativo resistente al tiempo y al agua. De moriche también son sus canoas. La traducción literal de warao a nuestra lengua es “gente de la canoa”, de la canoa de moriche. Uno les ve cruzando el río, remando, buscando peces en el río casi mar. También son cazadores. Así han sido conocidos a lo largo de la historia occidental. Desde las primeras incursiones de la Conquista ya se escribe de los warao. Diego de Ordaz, en 1532, y Alonso de Herrera, en 1534, se encontraron con ellos. Más adelante, viajeros y relatores tales como Raleigh (1596), Bancroft (1769), Humboldt (1816-1831), Hilhouse (1834) y Chaffanjon (1889), solo por nombrar algunos, hablan de los waraos como buenos remeros y admiran su destreza para caminar sobre troncos y manglares. Cazadores, pescadores, recolectores, decían de las características de esta gente de la canoa que, además, tiene su propia medicina, a base de las plantas que la  misma zona les dispone en su boticario natural, sin embargo, muchas enfermedades no son endógenas y los curacas no tienen los remedios para ellas y los pacientes empeoran en algunos cosas hasta la muerte.

 

 

La cultura warao mantiene muchas de las tradiciones ancestrales. Siguen en casa de palafitos. Siguen remando la canoa. Siguen cazando y pescando. Siguen diestros en la cestería y en el manejo de la fibra del moriche. Siguen tejiendo chinchorros, cestas, sebucanes, maracas, abanicos, pulseras, sombreros y lo hacen no solo para su uso personal, sino para la demanda de artesanía que genera la economía de turismo que propician las diferentes agencias de Tucupita y que ofrecen, entre otras cosas del paseo, varios días de convivencia con los nativos. Contacto que para ellos se ha vuelto normal. De hecho reconocen en su propio ser un medio de subsistencia al convertirse en objetos de culto para la cultura occidental y por esto es que piden dinero si se les va a tomar fotos y se ponen bravos si frente a ellos se saca una cámara fotográfica sin negociar primero. Hablan su lengua nativa y también el español, algunos hasta el inglés si han tenido contacto con trinitarios. Uno de ellos me aborda para decirme sobre lo que debo escribir en el reportaje, sobre las condiciones de olvido en la que están, donde no han podido mejorar su condición de vida pero sí han visto cómo otros se benefician de estas tierras; dice que debo hacer una alerta al gobierno porque ellos no están en los planes de asistencia alimentaria y que los tomen en cuenta para los planes sociales que están aplicando.

Ahora estoy en Pedernales, el pueblo hermano de Capure. Veo un indio warao tirado en el suelo. Al fondo se escucha el arpa de una canción llanera. El indio está borracho, vomitado; “es el primero en caer”, dice una voz, “pero no será el último”, dice otra. Hoy es el día de paga a los indios waraos que trabajan en las camaroneras y en las empresas del pescado. Ellos usan buena parte de este dinero para emborracharse. Toman de tal manera que pierden toda conexión con esta tierra. Se emborrachan con cerveza, con aguardiente, con el ron que traen las embarcaciones de occidente. Entonces recuerdo que alguna vez escuché decir a un taita en Colombia que muchos indios se emborrachan tanto porque están muy tristes y buscan en otro mundo la felicidad que no logran acá. Es un camino errado, decía el taita. Y eso lo noto ahora, con ese warao, ahí, tirado y vomitado.

Es de noche en Pedernales. Fiesta en Pedernales. Es sábado. Mañana me voy. Entramos a uno de las dos discotecas del pueblo. Son las diez de la noche. No es hora para exponerse a las palometas, pero las ganas de salir a gozar la noche, nos hace esquivarlas. Ahora estamos dentro de la discoteca. Vallenato, merengue, reguetón, ron, salsa, calipso, cerveza, risas, brindis, baile, conversación, cansancio y final.

Nunca el regreso de un viaje es interesante. Estas líneas de más son porque al final, luego del agreste viaje de Capure a Tucupita, con neblina y lluvia, con un clima alterado por los huracanes que azotan la zona; después del lento regreso de Tucupita a Caracas, una escena me hizo volver los pies sobre la realidad, luego de este paso por el paraíso. Ya nos estamos bajando del bus, ya el ayudante abre el maletero y aparece el triste final: dos guacamayas, robadas de su hábitat, están dentro del maletero, metidas en una bolsa de plástico negra y grande. Apenas pueden sacar la cabeza y el pico. Así se les nota la cara de pánico de ¿Dónde estoy?, de ¿Qué es este sonido infernal de los motores?, de “no puedo volar”, de “me quiero ir de aquí”. La mano de un hombre que había sido mi compañero de viaje de Tucupita-Caracas, agarra la bolsa. Mete las cabezas de las guacamayas  para que nadie las vea. Yo las vi. Le digo que eso es un crimen y me mira con cara de cállate y me muestra un revólver que tiene debajo de la camisa. Agarra un taxi y se va con su cargamento para llevarlo quién sabe a qué lugar distinto al que les acabo de contar, en la punta de un cabello de los rizos del río Orinoco.

 

Publicado originalmente en el website de la revista Nuevomundo

 

 

 

 

 

 

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