Martina de Maruví Leonett Villaquirán

Martina

 

El humo en la ciudad se había vuelto un compañero de respiración. La sequía se prolongaba y los horarios de trabajo habían cambiado. Desde entonces Martina regresaba más temprano a su casa. Una tarde de la mano del tedio Martina decidió entrar al cuarto de los chécheres pese al odio que le profesaba a ese lugar polvoriento y abarrotado. Su marido encerrada allí cuanto mueble u objeto encontraba echado en la calle. Entró convencida de que algo encontraría para matar el tedio, claro no sin antes hacerse de un par de guantes y una máscara de las que compró para protegerse de la H1N1.

La cantidad de objetos y muebles amontonados en el cuarto, le dificultaron el desplazamiento, pero ella testaruda como era no dio ni un paso atrás. En medio de tantos objetos entendió lo que necesitaba: una mesa de rincón cuadrada y pequeña a donde poner un jarrón chino, un sofá para su habitación, unas cuantas repisas para la biblioteca y si tenía suerte, un perchero para la entrada. Lo primero que encontró fue la mesa cuadrada. Al sacarla se tropezó con una silla de la que se enamoró al instante, es más, se extrañó muchísimo de que estuviese allí abandonada a su suerte. La silla de madera barnizada estaba forrada de un terciopelo vino tinto, raído y manchado. De inmediato se imaginó su nuevo sillón vitange. La tarea ahora era restaurarla.

Cada tarde, Martina se dedicaba en cuerpo y alma a su nueva labor, olvidando el aburrimiento y el humo de la ciudad. El problema era que a la silla no le interesaba en lo absoluto reposar en el cuarto de este pesado matrimonio, y menos le interesaba, ser el depósito de la ropa usada. Martina tozuda como era no se percataba de ello. Se empeñaba en lijar la madera y mientras más lijaba, más la silla reducía su tamaño. En algún momento, el marido le advirtió que de continuar lijando, la dañaría. Martina no lo escuchó. Al cabo de unos días y en vista de que no obtenía los resultados deseados, decidió dejar la madera como estaba. Entonces se decidió cambiar la tapicería. Pasó dos días intentando quitar el viejo forro vino tinto, sin conseguirlo. Furiosa, se dispuso a buscar unas tijeras. Su esposo y su hijo la vieron pasar tijeras en la mano, curiosos caminaron tras ella. Martina estaba tan enajenada que ni siquiera se percató.

 

 

Una vez frente a la silla, clavó con todas sus fuerzas las tijeras. La tapicería se resistió lo más que pudo. Martina deshilachó cada trozo de tela que se interpuso en su restauración.

Esposo e hijo miraron estupefactos la dantesca escena. El humo de la ciudad entró por la ventana nublando todo y a pesar de los estornudos del esposo y del hijo, ella no se inmutó. Forzó el nuevo terciopelo morado sobre el mueble y logró clavar los espantosos remaches dorados. De pronto, los remaches comenzaron a saltar, a brincar como fuegos artificiales y de un solo golpe, fueron a parar a la cara de Martina destrozándole el rostro. En medio del humo, el esposo y el hijo, intentaron interponerse entre los remaches y ella sin lograrlo.

Ahora Martina cumple un riguroso reposo médico. Nada ha cambiado en la calle y el humo incluso se cuela con mayor frecuencia por las ventanas.

 

Maruvi Leonett Villaquiran.

 

 

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