El Mito de Amalivaca de César Rengifo

 

 

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El mural El Mito de Amalivaca, del artista César Rengifo, se inauguró hace más de 60 años y todavía es luz para quienes caminan por el oeste de la Plaza Diego Ibarra o entre los comercios ubicados debajo de la Plaza Aérea del Centro Simón Bolívar.

Sus miles de mosaicos venecianos, coloridos y en conjunto, cuentan el mito de cómo Amalivaca, la divinidad creadora de los Tamanaco, y su hermano Woki, lograron reordenar el agua y el viento para que el único hombre y la única mujer que sobrevivieron a las inundaciones, pudieran repoblar la tierra con sus hijos nacidos del fruto y de las semillas de la palmera de Moriche.

Esta obra realizada entre 1954 y 1955, responde al Plan Rotival y a la intención de convertir al Centro Simón Bolívar en síntesis de las artes. Aunque Caracas se vestía de modernidad en la década de los 50, también llegó la tendencia latinoamericana de rescatar nuestra historia y tradiciones, frente a tanta cosa nueva. Imágenes de aborígenes, luchas campesinas y obreras, decoraban las paredes de todo el continente americano.

 

 

En un principio Rengifo, hombre de izquierda y militante del Partido Comunista de Venezuela (PCV), se opuso a hacer el mural ya que el proyecto estaba financiado por Marcos Pérez Jiménez, el líder de la dictadura de aquel entonces. Sin embargo, la carta que recibió de Salvador de La Plaza, su maestro y amigo, en la que le explicaba que un mural es una obra pública que trasciende en el tiempo y que todo dependerá de lo que plasme, accedió a hacerlo sobre una pared cóncava de 28 metros de longitud por 2.80 metros de altura.

Manejo magistral de la técnica

Este mural cerámico, uno de los más grandes de América Latina, se armó como un rompecabezas en el que cada una de las piezas está conformada, a su vez, por partes más pequeñas.

Imagine que un inmenso boceto, hecho a mano y en papel kraft, se corta en varios recuadros. Después,  cada uno de ellos, con la parte de la imagen que corresponde, se une a un papel engomado que permite al artista adherir, uno a uno, los mosaicos y así rellenar la figura. Luego de terminar los recuadros, se fijan a la pared -previamente preparada con una piqueta y recubierta con una malla de metal- como una especie de papel tapiz.

Este estilo de crear le permitió a Rengifo tener un manejo completo de la proporción y los colores, para generar ritmos dentro de una imagen fija. Aunque el efecto visual que genera Amalivaca es de totalidad, está dividido en varios paneles que de ser vistos por separado no pierden el sentido, mientras que, en conjunto, conforman una narrativa completa.

Esta manera de componer la imagen, de pasar de un cuadro a otro y posicionar distintos elementos que enlazan el lenguaje visual es una de las huellas más profundas de su estadía en México y del acercamiento con artistas como Diego Rivera, Siqueiros, José Guadalupe Posada, José Clemente Orozco y Frida Kahlo.

Jeús Mujica, artista plástico y biógrafo de Rengifo, asegura a Esfera Cultural que aunque la costumbre de trabajar con mosaico vidriado es originaria de Europa, el artista venezolano la aprendió como estudiante de la Academia de San Marcos y de La Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, en México.

El material es vidrio fundido a grandes temperaturas en una empresa italiana que se radicó en Venezuela para la época. Los cuadritos de color dorado –utilizados, en su mayoría, para generar el destello de los brazaletes y tocados- fueron realizados por el propio César Rengifo en su pequeño taller. Son chapillas de oro, de un milímetro de grosor, fundidas en el vidrio a muy baja temperatura.

 

 

La obra en su conjunto deja ver el manejo magistral de la técnica, pues sólo se pueden percibir las divisiones si el espectador la mira muy, muy de cerca. Genera los mismos efectos de una buena pintura: tonos, sombras y volúmenes.

Con un estilo realista poético, como él mismo creador autodefinió su trabajo de artista plástico y dramaturgo, narra a través de escenas que suceden sin interrupción las etapas principales de la historia aborigen,  hasta concluir en su Descubrimiento con la imagen de un morrión de soldado español.

“Rengifo era gran conocedor de la historia y sabía del valor del símbolo ”,  agrega Mujica y contiúa: “Si se coloca una brújula en la punta del dedo índice que el viejo Amalivaca o el indígena que está de pie, en uno de los últimos paneles, tiene levantado, el norte magnético es perfecto”. Cuidó cada elemento de la pieza, no dejó nada al azar, porque justo en ese punto cardinal es por donde inicia la invasión española a Venezuela, afirma.

Entre luz y oscuridad

Entre bombillos intermitentes, casi nadie se detiene a verlo. Uno que otro peatón lo observa de reojo. Algunos estudiantes de escuelas aledañas lo visitan para resolver alguna tarea, mientras que otros, lo consideran una arquería con imágenes de indígenas en el fondo.

Las leyendas urbanas y la desinformación de quienes hacen vida en este espacio, acompañan la obra de arte.

En la época de Saigón se convirtió en una pared más sobre la que los buhoneros recostaban sus tarantines o los grafiteros rayaban con aereosol. Mientras tanto, los comerciantes de globos y peluches, entusiasmados por dar más brillo a sus productos, los rociaban con un aerosol nacarado que terminó adherido a los miles de mosaicos venecianos.

Se han hecho dos restauraciones: la primera, en el año 2006 y la segunda, en 2012. La primera fue la más profunda y en la que participó Fenier Pérez, artista plástico. Él cuenta que después de limpiar la capa de pintura, de orina y otros químicos que lo cubrían, procedieron a retirar los mosaicos deteriorados con un mini taladro o dremel, con punta de diamante, para luego reemplazarlos por otros nuevos.

Los más deteriorados eran los brillantes o de color dorado ya que los vándalos creían que eran incrustaciones de cubos de oro y diamantes, pero aclaró Pérez que eso es un  “mito urbano”. Además, garantiza que cada una de las piezas sustituidas son originales, porque este hombre visionario dejó, debajo de una escalera de su casa, varias cajas llenas de mosaico veneciano para las futuras restauraciones. Recomienda utilizar siempre estos o importarlos desde Italia para que no se pierda la calidad.

 

 

“Pasarán cincuenta años, aproximadamente, sin que el mural necesite grandes arreglos porque añadimos una pega especial y también le inyectamos un químico que evita la humedad”. Sin embargo “el tiempo dependerá principalmente de las costumbres del público y del buen mantenimiento que Fundapatrimonio realice”, añade. Pérez insiste en que sólo se necesitan pañitos con agua y una brocha para retirar el polvo.

Conseguir las luminarias ideales para que el reflejo de la luz no borre la visión del mural les costó varios experimentos. Sin embargo, las lámparas sólo duran en su lugar algunos meses porque se las roban. “Hemos pensado en colocar algo para evitar el contacto directo de la gente con la obra, pero eso quitaría su esencia. Poner algo, desde cualquier ángulo, cortará la imagen”, afirma.

Rengifo tuvo una prolífica obra en pintura y teatro, pero no fue así en el trabajo mural con mosaico veneciano.  Realizó varios con la técnica al fresco que fueron borrados de las paredes. Actualmente, en Caracas, sólo se reconocen como de su autoría El Mito de Amalivaca y Los Creadores de la Nacionalidad, ubicado en El Paseo Los Próceres. Es por esto que en la actualidad se necesitan muchas manos que resguarden su legado y menos que destruyan.

 

César Rengifo (1915-1980), artista plástico, dramaturgo y poeta venezolano.

 

Publicado originalmente en el website de Esfera Cultural 

 

 

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